El
miércoles, al salir de la oficina del oncólogo, Ana María se tocó la sombra de
lo que fueron sus tetas al ver a una mujer amamantando a su hijo en la
cafetería de la esquina. “Ya falta poco”, se dijo así misma en forma de
consuelo. Tras el inútil sobo, entró a la misma cafetería, optando por sentarse
a tres mesas de distancia de aquella mujer, que ya sacándole los gases al hijo
desinquieto, se preparaba para irse. Cuando por fin se marchó la mujer, Ana
María ordenó algo de comer. “Dame una tripleta con papas fritas y una 7up por
favor” le dijo a la muchacha pechugona que servía de mesera. “Sale tripleta con
fritas” le gritó al cocinero de cara grasienta. El muy desvergonzado le miraba
las tetas como atontado, quizás soñándose sumergido entre aquellas dulces masas
insondables. “Pobrecita, al igual que el 80% de la mayoría de las mujeres,
todavía no ha aprendido a comprar la talla adecuada de su sostén”, pensó mientras
su mirada también se perdía en el pecho de la corpulenta mesera. Su pedido
llegó 15 minutos después. Ana María dejó la mitad del sándwich, pero se tomó
todo el refresco. Hacía mucho calor allí adentro, sin embargo prefirió dejarse
el abrigo que llevaba puesto. Su próximo movimiento fue levantarse para tirar
las sobras al zafacón, ubicado en la esquina de la puerta del negocio.
Aprovechó la ocasión para echarle una mirada a la oficina del médico que se
distinguía claramente desde allí. El Dr. Román le había prometido que
conseguiría los resultados de sus exámenes el mismo día. “Doctor, usted sabe
que han pasado ya dos años y me gustaría comenzar el proceso de reconstrucción
lo antes posible”, le dijo con impaciencia. Solamente había pasado una hora
desde que llegó a la cafetería. Todavía era muy temprano para regresar a la
oficina en busca de noticias. Fue al mostrador a pedir una taza de café y el
periódico local para matar un poco el tiempo. Prefirió sentarse en una mesa
desde donde pudiera echarle de vez en cuando un vistazo a la oficina del
médico. Miró el periódico con indiferencia, mientras bebía el café a sorbos
lentos. Por momentos la cafetería se llenaba de gente y de bullicio con los
acontecimientos del día, pero Ana María estaba inmóvil, callada, mirando
siempre hacia adelante. Se mantuvo así por casi tres horas. Sin esperárselo, de
un sobresalto se levantó de la mesa y corrió de prisa a la oficina del médico. Había
visto llegar al mensajero. Al entrar a la oficina, se acomodó el abrigo porque
hacía mucho frío allá adentro. La secretaria ya la estaba esperando y sin ella
preguntarle nada, le entregó el sobre con los resultados. “Señorita, si gusta
puede ubicarse en la sala de espera, el médico la atenderá dentro de media
hora”, le dijo sin que sus ojos abandonaran la pantalla del computador. “Si no
hay ningún problema vendré mañana a verlo para discutir los resultados.
Prácticamente he estado todo el día en la calle y estoy un poco cansada”. Tras
esas palabras, Ana María abandonó el lugar.
Respiraba tranquilamente con el sobre seguro bajo el brazo. A paso lento caminó hacia la parada de autobuses.
Al llegar, se sentó en un banco polvoriento. Acomodó el sobre dentro de su
cartera. De vez en cuando se distraía viendo los autos que pasaban frente a
ella. Poco a poco la parada fue
llenándose de gente, pero ella esquivaba cualquier conversación inoportuna que
le interrumpiera su cavilación. “No puedo esperar más tiempo”. Extrajo con
cuidado el sobre. Lo abrió con calma, casi en cámara lenta. “El maldito ha
vuelto” murmuró. En esos momentos el autobús había llegado y ya la gente se
aglomeraba en su desesperación por obtener un buen asiento. “Se va con uno más”
profetizó el chofer a todo pulmón. Ana María no se movía y una anciana toda
arrugada se le adelantó. Ella no hizo ademán de detenerla, ni mucho menos de
propinarle un buen insulto, que era lo acostumbrado en aquellas circunstancias.
Ana María no hacía más que mirar con
asombro cómo la anciana acomodaba en el último asiento del vehículo todo el
peso de sus arrugas. “El tiempo… el tiempo”, susurraba mientras el autobús se
perdía en el caótico tráfico isleño. Una hora más tarde llegó otro. Al subirse,
notó que en la primera fila estaban sentados, casi el uno encima del otro, la
mesera de la cafetería y el cocinero de cara grasienta. Los miró de soslayo
mientras buscaba un lugar que estuviera vacío. En aquel autobús cargado de
niños, jóvenes y adultos, Ana María se ubicó en el último asiento del vehículo
y mirando siempre hacia el suelo, permaneció inmóvil y callada hasta llegar a
su casa.
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